Educando nuestras emociones

Hoy os dejamos un interesantísimo artículo escrito por Ane Iturbe Ansa, psicopedagoga y Profesora de Educación Infantil y Educación Primaria, con especialidad en Pedagogía Terapéutica-Educación Especial, en el que ahonda en la importancia de la educación emocional, lo valioso de trabajar la inteligencia emocional de nuestros/as hijos/as y cómo podemos fomentarla desde casa. 

La salud mental

Cuántas veces habremos escuchado lo importante que es hacer deporte, comer saludablemente… todo ello se reduce a la salud física. Aun así, no nos damos cuenta de que la salud mental es igual de importante. Se calcula que más del 13% de los adolescentes de 10 a 19 años padecen un trastorno mental diagnosticado según la definición de la OMS.

Siempre nos han enseñado que el éxito en nuestras vidas depende de nuestra inteligencia en general. En este punto apareció la inteligencia emocional, desafiando que los conceptos como talento y habilidad no eran suficientes para tener una vida satisfactoria en las esferas laboral, familiar, emocional y social de la vida.

Como siempre digo en consulta: “ Si te duele la cabeza vas al médico” y “Si te duele el corazón vas a…”. ¿Pero, por dónde podemos empezar a cuidar nuestra salud mental?

 

¿Qué es la inteligencia emocional?

La inteligencia emocional es la habilidad de identificar los sentimientos propios y ajenos, la automotivación y la capacidad de gestionar nuestras emociones de forma activa, especialmente las relacionadas con las relaciones interpersonales (las relaciones que tenemos con los demás).

Esto nos posibilita interactuar con el mundo que nos rodea teniendo en cuenta nuestros propios sentimientos y emociones e incluye habilidades como: la motivación, el autocontrol, la autoconciencia, la resiliencia, la atención plena, la empatía, etc. En definitiva, estas habilidades construyen nuestra personalidad y son imprescindibles para una buena adaptación social.

Es por eso que, cada vez más sociedades y personas se dan cuenta de la importancia de adquirir habilidades emocionales necesarias para la vida. Pero todo esto tendría que empezar desde edades tempranas.

 

¿Por qué es tan importante?

Cuando nacemos y tenemos nuestro primer contacto con el mundo exterior, necesitamos contacto en el lado afectivo. Los primeros años de vida son muy importantes para el aprendizaje emocional ya que en esta etapa somos auténticas esponjas que absorben de manera increíble cada experiencia y cada conocimiento.

Por ello, es imprescindible saber que dentro de todas esas vivencias no solo se encuentran las cognitivas o intelectuales sino también las emocionales.

Se ha demostrado, que la mayor parte del desarrollo emocional se da en los primeros seis años de vida, siendo este relevante hasta la pubertad y la adolescencia. No solo eso, este debe renovarse y mantenerse durante toda nuestra vida.

Teniendo en cuenta que el desarrollo emocional empieza cuando nacemos, la familia tiene un papel fundamental en la vida del niño.

 

¿Qué beneficios nos ofrece?

 Una persona que haya recibido una educación emocional sana tiene mayor autoestima y más confianza en sí misma, en sus posibilidades y en sus capacidades. No solo eso, también es capaz de construir vínculos con otras personas de manera satisfactoria; respetando y reconociendo las emociones y necesidades de los demás desde la empatía.

Todo ello se traduce en que los niños tienen una buena autorregulación emocional, llegarán mejor preparados al colegio y tendrán más habilidades interpersonales (sociales); eso se transformará en relaciones más sólidas y duraderas y menos problemas de conducta.

En cuanto a los adolescentes, se ha visto que una buena autorregulación ayuda a que tomen mejores decisiones para su bienestar. Por ejemplo, fuman y beben menos y tienen hábitos más saludables. Todo esto, y mucha más evidencia científica, nos hace plantearnos la importancia de trabajar la capacidad de autorregulación con los niños.

 

¿Cómo fomentamos la educación emocional de nuestros hijos?

Primero de todo, tenemos que tener en cuenta que lo estamos haciendo lo mejor que podemos. No existe un modelo de crianza que sea perfecto, ya que cada situación y familia en particular es diferente. Ser madre o padre no es fácil, porque implica muchas cosas, pero es un gran reto del que se saca un gran aprendizaje. Hay que confiar en uno mismo y no sentirse culpable por no ser el padre o la madre perfecto, sólo tienes que ser el padre o la madre que necesitan.

 

1.-SOMOS UN EJEMPLO PARA ELLOS. Los niños aprenden todo lo que ven y lo que escuchan. Es una estrategia que tienen para poder entender y actuar en el contexto donde les ha tocado vivir.

En ese sentido, será importante que les enseñemos cómo nos sentimos (tristes, enfadados, alegres…) sin contar nuestras preocupaciones, pero demostrándoles que todas las emociones son igual de válidas.

 

2.-VALIDAR LAS EMOCIONES. A veces queremos evitar que nuestros hijos sufran y decimos frases como “si te veo llorar me pondré muy triste”. Podemos cambiar eso por “ entiendo que estás triste…”

Validar una emoción (lo que se siente) no quiere decir que se valide la conducta (lo que se hace) del niño. En este caso, es importante decirle que “entiendes que esté enfadado, pero no está bien lo que está haciendo”. Hay que darles y sugerirles otras conductas alternativas cuando no pueden gestionar alguna emoción.

 

3.-CONOCIENDO LAS EMOCIONES. Primero de todo, empezaremos por aprendernos los nombres de las emociones básicas (miedo, alegría, asco, tristeza, enfado, sorpresa).

Después, iremos asociando estos nombres con las diferentes caras. Para ello, podemos ir haciendo diferentes juegos en casa, como por ejemplo: usar mímica para descubrir cuál es la emoción que representa la persona, leer cuentos y ver las expresiones faciales para hablar sobre ello, juegos de cartas o de memoria…

Después de las emociones básicas, pasaremos a las emociones más complejas: los celos, la frustración o la envidia. Estas, están muy presentes en el día a día de los niños, por ello, es bueno que las trabajemos.

 

4.-NO HAY EMOCIONES BUENAS O MALAS. Que algunas emociones sean más “agradables” y otras “desagradables” no quiere decir que sean mejores o peores. Todas ellas nos dan una información valiosa de lo que nos ocurre:

El asco nos sirve para no contaminarnos comiendo cosas en mal estado. La tristeza nos sirve para reflexionar sobre lo que nos ha ocurrido y pedir ayuda, o que nos den un abrazo. Usamos el enfado para defender nuestros derechos. El miedo nos prepara ante una situación peligrosa. La sorpresa es una emoción muy corta en la que nuestro cuerpo se activa para prepararnos para lo que pueda ocurrir. La alegría es una emoción agradable que nos ayuda a contrarrestar la activación fisiológica de las emociones desagradables.

Podemos potenciar las emociones positivas haciendo un listado con las cosas que nos ponen contentos para poder tenerla a mano cuando no nos sentimos bien.

 

5.-CUIDÉMONOS A NOSOTROS MISMOS. No vale nada de lo anterior si nosotros no estamos bien. Cuidar de nosotros mismos es escucharnos con atención. Saber qué queremos, qué es aquello que necesitamos, qué sentimos o qué pensamos. Poner límites y pedir ayuda cuando lo necesitamos.

No esperemos a sentirnos realmente mal para ponernos en manos de un profesional. Nuestra calidad de vida puede mejorar considerablemente si adquirimos herramientas para gestionar nuestras emociones.

 

Como bien les digo a las familias con los que trabajo: “de nuestras debilidades vienen nuestras fortalezas”.

Debido a los buenos resultados que han tenido mis recursos, he pensado compartirlos gratuitamente con todos vosotros,  además de los clientes. ¡La salud mental es un derecho de todos!

Guía de ansiedad
Guía de autoestima

Muchas veces necesitamos ayuda. Si quieres sentirte como en casa me tendrás en Donostia, en el barrio de Gros.

Dirección de la consulta: 

 

Plaza Biteri, 1,

Entresuelo Izq,

20001 Donostia-San Sebastián, Guipúzcoa

 

 

 

 

 

 

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